Hace veintiocho años, el 24 de marzo de 1980, fue asesinado Monseñor Romero, arzobispo de San Salvador (San Salvador, Centroamérica), mientras celebraba la Eucaristía. Romero fue para el pueblo salvadoreño una Buena Notícia y para cualquier persona solidaria con la causa de los oprimidos.
Oscar Romero fue nombrado arzobispo de San Salvador en 1977, con el aplauso de las clases dominantes; era una persona “de los suyos”, tenía una mentalidad conservadora y tradicional. Pero su vida cambió a partir del asesinato del cura Rutilio Grande, comprometido con los obreros y campesinos. Su muerte originó en él una profunda conversión hacia el pueblo oprimido. Decía: “Me alegro de que nuestra Iglesia sea perseguida precisamente por su opción preferencial por los pobres y por tratar de encarnarse en el interés de los pobres y decir a todo el pueblo, gobernantes, ricos y poderosos: si no se hacen pobres, si no se interesan por la pobreza de nuestro pueblo, como si fuera su propia familia, no podrán salvar a la sociedad”.
Monseñor Romero se fue comprometiendo cada vez más en la defensa de los derechos humanos a medida que la represión en el país se iba haciendo más violenta y más injusta. Hasta tal punto que apoyó el proceso insurreccional de las organizaciones populares, frente a la tiranía y la opresión. Oscar Romero sabía que estaba sentenciado. Días antes de morir había declarado a un periodista: “He sido frecuentemente amenazado de muerte. Como cristiano no creo en la muerte sin resurrección. Si me matan resucitaré en el pueblo, se lo digo sin ninguna jactancia, con la más grande humildad. Como pastor estoy obligado por Dios a dar la vida por quienes amo, que son todos los salvadoreños, aún por aquellos que vayan a asesinarme. (…) Que mi sangre sea semilla de libertad y la señal de que la esperanza será pronto realidad.”
El Vaticano aún no lo ha declarado santo. Pero no hace falta. Pedro Casaldáliga, este obispo catalán que trabaja en la Amazonía brasileña, tiene un hermoso poema en el que escribe: “San Romero de América, pastor y mártir. (…) América Latina ya te ha puesto en su gloria de Bernini.” En nuestro país su presencia se hace visible también en los Comités de Solidaridad Oscar Romero. Uno de ellos está en nuestro querido barrio de Camps Blancs, con el corazón latiendo al ritmo de los que sueñan un mundo más fraternal.









